Los lunes, libro

Detalle de la publicación "Charolín y Mediasuela"

Detalle de la publicación «Charolín y Mediasuela»

Charolín y Mediasuela o el relato latente de todas las cosas

Por Luis Fernando Redondo

Siempre vi los libros como cajas mágicas, que cuando las abrimos y nuestras pupilas bailan por sus renglones arrancando las entintadas palabras del papel, una historia cobra vida en nuestras poderosas manos. Don Quijote vuelve a cabalgar a lomos de Rocinante para desfacer entuertos porque yo lo leo más de cuatrocientos años después, o hago que Horacio Oliveira salga a deambular por las calles de París, sin buscar a la Maga pero con la certeza de que andan una vez más para encontrarse, porque yo así lo quiero cuando leo de nuevo a mi queridísimo Cortázar.
Hace unos años, mientras caminaba el camino de Santiago durante horas y horas en soledad y mi mente navegaba sin control como viento que penetrara en mi interior, llegando hasta lo más recóndito, escondido, olvidado y hasta podría decir ya desconocido, por cualquier suerte de resquicio que encontraba. Ese viento mecía caprichosamente los juncos del pasado, levantando con suavidad la levedad de mi niñez, como una cometa que se dejara acariciar por el viento, y me traía un sinfín de recuerdos que creía olvidados, o más bien extinguidos, como la del primer cuento que leí, la historia de aquellas dos botas gemelas que se llamaban Charolín y Mediasuela, que me lanzaron de un puntapié al maravilloso viaje de los libros.
Sí, Charolín y Mediasuela fue mi primer cuento y seguramente el culpable de que ahora disfrute los libros con sentido de encantamiento y que pueda ver la magia latente en el relato potencial de las más pequeñas, sutiles e insignificantes cosas, que la pluma de un buen escritor, como barita mágica, es capaz de insuflarles una vida con luz propia. Quizás por eso me gusta pasear por la ciudad, sentarme cerca de la ventana de un café u observar a la gente en las estaciones y aeropuertos… y completar historias a partir de cualquier detalle peregrino ¿Qué historia hay detrás de aquella mujer que llora desconsolada en el aeropuerto, con un bebé dormido en un carrito? ¿Qué preocupación espesa el humo que dispara a bocanadas aquel joven que fuma en la oscuridad con un pie apoyado de suela en la pared? ¿Qué relato esconde ese trozo de papel tirado en el parque con la frase rota: ‘nunca te…’? Bebo mi café y pienso en las manos que… ¿Qué emociones de jornalero habría tras las callosas manos que lo cosecharon en los cafetales de Chiapas? Dejo un billete de veinte pesos en el platillo sobre la nota de la cuenta, con “Janeth” escrito en tinta negra sobre la imagen hierática de don Benito Juárez el benemérito de la patria, y me recreo en los avatares pasados y futuros de aquel desgastado papel con quien tuve una relación tan fugaz desde el periódico de la mañana hasta ese café de después ¿Por cuantas ciudades habría viajado? ¿Por cuantas manos, y las historias de estas, habría circulado? Quizás mañana esté a cientos de kilómetros canjeándose por un sello que vaya en un sobre que encierre una carta que alguien terminará rompiendo y que un trozo de papel sobreviviera a la papelera, con la frase rota ‘nunca te…’ que alguien como yo, igual de pesquisidor de mundos sutiles, se encontrara pisoteado en un parque para darle un soplo de vida fugaz y vagabundo antes del infinito olvido.
«Charolín y Mediasuela son dos botitas gemelas. Su dueño se llama Tomín. Tomín se pone las botas todos los días. También los domingos. Con ellas juega y va al colegio.
De noche, Tomín las deja en su habitación. Duermen al pie de su cama. El gato Cifú las abriga con su piel. Pero esta noche no tienen sueño. Mediasuela se aburre.
-¡Quien pudiera volar, Charolín! ¡Tengo ganas de salir de esta habitación!
-¡Si tuviéramos alas!
… «.
Aquellas dos botitas gemelas soñaban con descubrir el mundo; y la luna, que está atenta a los sueños, les ayudó a salir de aquel cuarto y vivir toda una serie de aventuras apasionantes, a la vez que aquel poquito lector de siete años que yo era, soñaba con salir de aquel pueblito manchego llamado Montiel a conocer el ancho y apasionante mundo mucho más allá del horizonte manchego con el que la vista se desvanece sin tropezar. Hoy con 46 años y una buena parte del planeta a mis suelas, recuerdo, sin las lágrimas santateresianas de las plegarias cumplidas, pero con una sonrisa cómplice y tal vez un matiz de nostalgia, a aquel niño que soñó el sueño de Charolín y Mediasuela y que un día se calzó en ellas, por el gentil hechizo de los libros y que hoy deja veinte pesos, con el nombre de Janeth sobre Benito, en este platillo, para pagar un café chiapaneco en un lugar anónimo e insignificante de la Ciudad de México, mientras escribe lo que usted ha leído.