Guerrilla gramatical

Detalle de «Niños comiendo melón y uvas», Murillo (Pinacoteca Antigua. Múnich)
Gramática parda digital
La gramática parda es un concepto clásico del arte de vivir del cuento. Sin mucha erudición. Entre la picaresca y la supervivencia. No hay que ser un sabio, basta saber vivir.
Si trasladamos toda esta pragmática a la era digital nos toparemos con Rinconetes y Cortadillos a mansalva. Más parecidos a personajes de Blade Runner pero incorporando el mismo espíritu. Y no hay más abundante ganancia que en las letras. Basta con copiar y replicar.
El arte de corta y pega actual, o la mecánica de lo mismo, como en justicia debe calificarse es toda esta gramática parda digital. Se plagia, imita, copia y desvirtúa sin miramientos. Algún plagiador se ha defendido al ser descubierto diciendo que su estilo es intertextual (ya de paso podemos decir “extraterritorial” y además se puede citar al ensayista George Steiner). Basta una búsqueda rápida en Google. El ruido digital olvidará rápidamente el fraude.
Hace unos años una joven escritora berlinesa fue aclamada con su primera —y única— novela de éxito. Fue un asunto sonado que pocos recordamos ahora siete años después. “Axolotl Roadkill” se publicó cuando Helene Hegemann tenía diecisiete años. Un éxito fulgurante por lo provocador del texto de una menor. Una pirueta editorial. Pero fue pillada. Helene se defendió diciendo que «en realidad la autenticidad no existe, sólo la sinceridad», añadiendo: «Yo me sirvo de todo aquello que me inspira y de todas las cosas que me estimulan». Pues vale. Así nos va.
Sin incurrir en moralismos, el problema del plagio digital es su fácil propagación. Y la carga invalidante de un mensaje reiterado contra la verosimilitud. Todo así parece relajarse en un relativismo del todo vale. Los derechos de autor y las copias ilegales incluidos. Con su permiso, Rinconete, Cortadillo, Cervantes: “…y allí le comenzó a decir tantos disparates, al modo de lo que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa, dándole buenas esperanzas, sin concluir jamás razón que comenzase, que el pobre sacristán estaba embelesado escuchándole. Y, como no acababa de entender lo que le decía, hacía que le replicase la razón dos y tres veces.”
