• Sahida_

    Poesía encadenada

    Cadenas con agujas de pino. Era un entretenimiento habitual en mi infancia. Pasaba con mis amigos largas horas en el bosque y nos dedicábamos a recoger montones de agujas y a encadenarlas. La cadena debía tener una gran precisión. Se trataba de separar las dos agujas y curvar una de ellas hasta insertar su punta en el hueco que había dejado la parte que habíamos descartado. Y con la siguiente se hacía lo mismo, sólo que pasando a través de la aguja ya curvada. Así, durante horas, hacíamos largas cadenas, collares, pulseras. Tengo un recuerdo cálido y feliz de esas tardes interminables.

    Del mismo modo feliz y tal vez febril, ese juego de encadenar me trae a la mente otras cadenas de ese período de mi infancia, más sutiles, menos evidentes pero muy enriquecedoras para mi hambre poética. Mi libro de cabecera a partir de los 7 años, «Los 25.000 mejores versos de la lengua castellana», edición de 1963 por el Círculo de Lectores, aunaba grandes autores, de diversos estilos poéticos. Recuerdo estar leyendo durante horas, pasando de un autor a otro, como una cadena de aprendizaje (porque muchos poemas fueron mis maestros con sus enseñanzas, pero ese sería otro tema) y de «borrachera» de belleza y poesía.

    Así, mi mente iba absorbiendo lo que cada poema me transmitía y como una cadena de agujas de pino, una hora de lectura poética podría haber dejado un poso de cada poesía en mí que bien podría ser la siguiente composición, una especie de Collage o un Frankenstein literario/poético, dejando una vida propia de emociones en lo más hondo de mí.

    Sería algo así:

    Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,                                             
    y más la piedra dura porque ésa ya no siente.                   
    (Rubén Darío. Lo Fatal)            
    Quisiera entrar en mí, vivir conmigo
    poder hacer la cruz sobre mi frente.                                 
    (R. Valle-Inclán. La trae un cuervo)                                         
    ¡Nada, sí, nada, nada…!
    O que cayera mi corazón al agua y de este modo                                     
    fuese el mundo un castillo hueco y frío…
    (J. R. Jiménez. Sonetos I) 
    Y paso largas horas gimiendo con el huracán, ladrando 
    como el perro enfurecido, fluyendo como la leche
    de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.                
    (Dámaso Alonso. Insomnio)                                                       
    Quiero besar el perfil de la mudez penúltima, 
    cuando el mar se retira apresurándose, 
    cuando sobre la arena quedan sólo unas conchas, 
    unas frías escamas de unos peces amándose.                 
    (Vicente Aleixandre. La muerte)                                                      
    Nadie me salvará de este naufragio
    si no es tu amor, la tabla que procuro, 
    si no es tu voz, el norte que pretendo.                             
    (Miguel Hernández. Sonetos I)

    Y estas cadenas poéticas que todavía se repiten y me atrapan con cada lectura, encadenan de algún modo también mi alma a la irrenunciable pertenecia de mi ser a la poesía.

     

     

    © Sahida Hamido